El viejito

Llegó en 1998, no recuerdo en que mes exactamente, yo tenía 10 años, así que debió ser entre mayo y octubre, lo que recuerdo es la felicidad que me embargo aquel día. No era el primero, pero en mi mente es como si lo hubiera sido, ahora que lo pienso, tal vez se debe a que participe en todo el proceso para escogerlo.

Era un Rover 600, color verde botella, en realidad solo verde, le inventamos el color por la igualdad con una botella de cerveza local. En cuanto abrí una de sus puertas, intente romper uno de los forros plástico que cubrían los asientos de cuero color beige, a lo que me detuvo el “no” unísono de mi madre y mi hermana. Aquel forro se mantuvo solo por unos días, con el calor de mi país era imposible tolerarlo ya que terminaba adhiriéndose a la piel, la realidad es que removerlo no mejoro la situación, en los días calurosos aquellas superficies de cuero podían provocar quemaduras de primer grado fácilmente, nunca he entendido porque envían autos con interiores de cuero a países calurosos, o porque personas como mi madre, terminan comprándolos para luego quejarse de tener que esperar para entrar al auto luego de estar unos minutos bajo el sol.

Aquel auto que manejaba mi madre me llevo durante mis últimos años de la escuela primaria, gran parte del colegio secundario y algunas veces a la Universidad; esa gran parte y algunas veces se debió a la llegada de otros autos a la casa. En el recibí mis primeras clases de manejo de parte de mi madre, y debo decir que las últimas, después de casi caer a un lago no tuve más ganas de recibir lecciones de parte de mi madre, seamos honestos “¿Quién enseña a manejar a orillas de un lago?”. Con ese auto también aprendí las lecciones básicas de mecánica, impartidas por mi hermano, aprendí a cambiar llantas, bueno, la teoría, porque nunca logré soltar las tuercas, de hecho sigo sin poder hacerlo, creo que es cuestión de peso, pero de eso hablaremos otro día.

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Gardenia y el hermano encontrado

Como todos los inicios de año, un grupo de amigos del colegio nos reunimos aprovechando las vacaciones de temporada de aquellos que viven fuera del país. Sin duda alguna, con quien más disfruto es con Gardenia… Casi hermanas, inseparables y cómplices durante la adolescencia. Seguimos teniendo una buena amistad, pero con menos adjetivos a causa de la distancia.

Siempre somos las últimas en dar por terminada la reunión, y esta vez no fue la excepción. Como siempre, salieron a relucir aquellos recuerdos de nuestros primeros amores. Durante los dos últimos años del colegio hice una bonita amistad con una chica de un año más bajo que nosotras, lo que resulto que se unieran sus amigos y mis amigos. Desde un inicio, Gardenia trato de hacer de mi celestina con uno de los chicos del grupo añadido, ciertamente “él” siempre mostró un gran interés en mí, pero no lograba que mis mariposas hicieran el más mínimo movimiento de despegue. Mientras más se acercaba a mí, yo colocaba más ladrillos al muro que trataba de construir entre los dos, y Gardenia siempre a su favor, haciendo hasta lo imposible para que yo me entusiasmara. Nunca entendí el interés que ella tenía en que yo aceptara a “él”, quien para mi desdicha, siempre aparecía en las reuniones en mi búsqueda. De seguro me dedique a despotricar en su contra incontables veces frente a Gardenia, por lo insoportable e insistente que podía llegar a ser. Mientras tanto Gardenia siempre respondía “Pobre, deberías darle una oportunidad”.

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Entre camas y pasillos

Cuando trabajas o realizas entrenamientos en carreras de la salud, por lo general pasas más tiempo en el hospital que en tu propio hogar, luego de un tiempo te empiezas a percatar que no sólo se trata de brindar atención al paciente por la condición que presenta, pues muchas de estas personas te eligen como su psicólogo personal. Sabemos que no debemos crear apego emocional hacia los pacientes, la profesión puede tornarse algo dolorosa cuando la desgracia llama a la puerta de aquellos que se vuelven especiales para nosotros, pero siempre hay algunos con los que creamos cierto vínculo al conocer sus historias, de las cuales algunas te marcan y te graban permanentemente, enseñándote a valorar lo que tienes y a ser agradecidos con la vida.

Me gusta compartir estas historias, ya que al transmitir las palabras de esas personas, las cuales muchas ya no están, se mantiene su legado vivo a través de sus enseñanzas. Aquí les comparto esta breve historia que me contó un paciente hace unos meses atrás, que nos llego a todos los presentes, sobre todo por la actitud tan positiva que irradiaba, te transmitía sus ganas de vivir.

A simple vista era un paciente muy alegre, nos hizo reír desde que llegó a la consulta. Este era un hospital oncológico, así que obviamente estaba siendo tratado por cáncer, en mi pensamiento estaba que a lo mejor sólo estaría en controles o tal vez su tipo de cáncer no era muy agresivo. Recuerdo escucharlo decir: “Me ven así, en mi vida sólo ha existido la tragedia, pero esto no me arrebatará las ganas de vivir cada día.” Tenía dos años de haber sido diagnosticado con cáncer de próstata, al hacerle exámenes más profundos se percataron que ya había hecho metástasis a los huesos, por supuesto que fue devastador. Por lo general cuando el cáncer invade los huesos, el pronóstico es generalmente muy pobre. Transcurridos algunos meses, mientras recibía su tratamiento en el hospital, recibe la noticia que su hijo de 22 años había perdido la vida a causa de un accidente automovilístico mientras trabajaba. Inmediatamente después de esto, su esposa lo abandono bajo la excusa que no soportaba todo lo malo que estaba pasando, y no sólo lo abandono a él sino también a su hija de 15 años… No supo más de su esposa.

Con ayuda de otros familiares, había tratado de salir adelante, sin descuidar a su hija, quién lo acompañaba ese día. Ella se sentía muy orgullosa de su padre, porque comentaba que nunca le había faltado nada, a pesar que él estaba luchando contra el cáncer, siempre ella había sido su mayor preocupación. Este señor recibía sus tratamientos puntualmente, con la esperanza de curarse algún día, a pesar del pronóstico desfavorable que le dieron los médicos o como decía él, para estar en las mejores condiciones posible para disfrutar y poder acompañar a su hija por el mayor tiempo que le fuera posible. Durante su estancia en la consulta, siempre mantuvo una sonrisa, nos motivaba a vivir alegres y a agradecer cada día por la vida, así como a disfrutar de quienes nos rodean y están siempre con nosotros.

Entre las camas y pasillos de los hospitales, recorren muchas historias como estas y muchas veces sólo debemos saber escuchar, porque hay pacientes que tan sólo con ser escuchados contribuimos a aliviar un poco su pesar. Historias tristes, alegres, de superación, cada una diferente; pero que nos dejan grandes lecciones y nos enseñan a vivir. No hay nada mejor que cuando estos pacientes logran superar su condición, verlos agradecidos y felices en camino a su hogar es una gran satisfacción; claro, algunos no cuentan con la misma suerte y abandonan este mundo, pero en el fondo quedamos agradecidos por haber compartido sus secretos y consejos, para que vivamos plenamente y de una manera u otra siempre estarán en nuestro recuerdo.

Sólo nos queda seguir su ejemplo, disfrutar cada día a pesar de las adversidades y vivir al máximo, agradeciendo por lo que tenemos. Espero sus historias inspiradoras…

A mi estrella fugaz

Pero a mí me tocó enamorarme de una estrella especial, una estrella fugaz, de esas que de repente pasan por tu vida, te iluminan, te atrapan, te ciegan, te llenan de momentos, de sonrisas y se van igual de rápido, dejando una estela de recuerdos, lágrimas y la oscura soledad.

Hace un tiempo me encontré con esta frase y con los años me he percatado que casi todos contamos con esas estrellas fugaces en nuestras vidas, no me refiero a lo romántico únicamente, sino a “personas especiales y fugaces” personas que pasan por nuestra vida por un corto período de tiempo y nos marcan de tal manera que las recordaremos siempre.

Les contaré una pequeña anécdota personal. Estaba en la universidad, estudie Cirugía dental, estaba en el peor momento, sentía que todo iba mal, a tal punto que considere abandonar la carrera. Aunado a esto, había terminado una relación hace un par de años de forma caótica, de esas relaciones que te dejan un sabor amargo y que al pasar los años te preguntas si seras capaz de conocer a otra persona. Así es, me sentía muy sola. Cuando estamos agobiados en problemas es cuando más sentimos la necesidad de compartir nuestra vida con alguien, porque pensamos que nos ayudará a sobrellevar nuestra carga.

En fin, en este período estaba haciendo rotaciones por diferentes hospitales y llegue al último que me correspondía, por supuesto con cero ganas y considerando seriamente huir de todo. Hasta que un buen día apareció mi estrella fugaz, con su saludo cortes cada vez que lo veía y su espectacular sonrisa, logro cautivarme. Me dio felicidad y alegría, me impulso a salir de mis problemas y por supuesto me hizo entender que por fin había olvidado mi relación anterior y estaba sintiendo algo especial por otra persona. Aunque no concretamos nada porque todo paso rápidamente, y por supuesto que me dio algo de tristeza no continuar la relación de amistad; hoy en día siento un agradecimiento infinito, porque sin saberlo me hizo sentir tantas emociones, curo mi corazón y me regalo la paz que había perdido hace un buen tiempo.

Muchas veces, estas personas que tocan nuestras vidas ni siquiera logran percatarse de la influencia que tuvieron en nosotros y desaparecen de tal forma que no les llegamos a contar o dar las gracias por el cambio que ejercieron. Por otro lado, algunas veces el cuento no es tan bonito, porque son estrellas que nos causan dolor. Así que tengamos en cuenta algo, ya sea para bien o para mal influencian nuestra vida, regalándonos felicidad, lecciones o tristeza; si son de esas estrellas dolorosas también agradezcamos ya que estás nos fortalecen y nos ayudan a forjar nuestro carácter.

Por último creo que deberíamos agradecer a estas personas, yo no lo pude hacer, pero guardo la esperanza de volver a encontrar mi estrella fugaz y agradecerle por aparecer en mi vida. Imagínense recibir el agradecimiento por “haber tocado mi vida”.

Historias compartidas

Siempre me ha gustado estar al aire libre, cuando tengo algo de tiempo me gusta salir; un área turística, un parque, el lugar donde las personas se reúnen a hacer ejercicios, una playa… En fin, cualquier lugar me parece perfecto. No es por el simple hecho de ir de paseo solamente. Con esto estoy conociendo lugares que no conocía, descubriendo la belleza y maravillándome cada día de mi país. Logro relajarme de la ajetreada vida cotidiana.

Pero les confieso que lo que más me gusta de hacer esto, son las historias… sí, las historias de quiénes concuerdan conmigo en momento y lugar.En estos paseos, he tenido la dicha de conocer tantas personas que amablemente me han contado vivencias de su vida personal, sus batallas, alegrías y tristezas.Personas que te inspiran, que al verlas piensas que su vida es por decirlo “normal”, pero en el interior están librando alguna lucha contra una tragedia.Historias de superación, sobre como lograr un imperio luego de crecer en la pobreza. Me han hecho viajar sin necesidad de salir del país, aquellos turistas que comparten sobre su patria mientras conocen la mía.
Te regalan su confianza y brindan la oportunidad de adquirir experiencia a través de sus vidas, a pesar que eres un extraño.

Padres, madres, hijos, hermanos, amigos… Con historias que nos motivan a ser mejor persona, a agradecer por nuestra vida, a no decaer por los tiempos oscuros. Definitivamente que podría escribir un libro con la recopilación de todas estás vivencias compartidas. Debemos aprender a escuchar, entiendo que es difícil aceptar a todo extraño que se te acerca, pero no le des la espalda a los demás, no sabes si el inicio de una gran amistad.

Sólo me queda dar las gracias a aquellas personas que compartiendo su historia, dejan una lección a quién las escucha, para el resto de la vida.