El violinista y los imposibles

El fin de semana fui de paseo a un parque de la ciudad, al llegar había una multitud alrededor de un joven que estaba tocando violín, tocaba precioso, todos los presentes estaban encantados escuchando. Al terminar, muchos colocamos dinero en el case de su violín que estaba en el suelo, en recompensa a sus melodías. Luego de un rato dando vueltas, fuimos al café de un amigo que se encuentra cerca del parque para tomar algo, después de algunos minutos llego el joven violinista, él se acerco a saludar a nuestro amigo que nos hacía compañía, nos presentó y se unió a nuestra mesa. Por supuesto no pudimos aguantar la curiosidad, le preguntamos porqué tocaba violín en el parque, pues por su apariencia y el lugar donde estábamos no parecía necesitar tocar en un parque, así que nos compartió su historia.

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Casco Antiguo, Panamá. Foto: Instagram @takenbylis

Era del interior del país, de adolescente había pertenecido a una pandilla, estaban involucrados en robos y drogas, la rivalidad por las drogas tuvo consecuencias y uno de sus amigos fue asesinado, ese fue el inicio para querer abandonar aquella vida, pero cuando lo intentó los otros integrantes de aquella pandilla no se lo permitieron, lo amenazaron con acabar con su vida. Un día, en un parque había un evento donde una orquesta tocaba y quedo cautivado por el violín, al terminar el evento le pregunto a uno de los integrantes de la orquesta donde podía recibir clases para tocar violín, en ese momento él se dijo que llegaría a tocar igual que aquel que estaba en la tarima. Para su fortuna, esa persona le dio el contacto de una fundación que ofrece clases gratuitas de música a jóvenes de escasos recursos, pero para recibirlas tenía que viajar a la capital. Cuando le contó sobre su idea a la familia, todos le dieron la espalda y pensaron que era una perdida de tiempo, a como pudo comenzó a viajar para ir a recibir sus primeras clases, cada vez se le hacía más difícil conseguir el dinero para ir los fines de semana. En el bajo mundo había ganado ciertas mañas, entre esas aprendió a engañar los teléfonos públicos, colocaba anillos de lata en la ranura para monedas, de esta manera esto le facilitaba sacar el dinero de las llamadas del día. Al viajar cada fin de semana, se estaba alejando de la pandilla y los problemas se agravaron, las amenazas se hicieron más constantes, temía por su seguridad, así que decidió venir a vivir a la capital. En la fundación dio a conocer su situación y lo ayudaron para que continuara sus estudios. Cuando logro crear sus primeras melodías, acudía al parque donde lo vimos tocar para recoger dinero para cubrir algunos de sus gastos. Hoy con 33 años, ha viajado a otros países como parte de una pequeña orquesta, de la cual se siente muy orgulloso, y cada vez que puede, vuelve a ese parque a tocar, siente que allí creció y lo hace como una forma de agradecimiento, todo el dinero que recoge allí mientras toca se lo entrega a alguna persona que se tope en el camino y el sienta que lo necesita. Leer más “El violinista y los imposibles”

Historias compartidas

Siempre me ha gustado estar al aire libre, cuando tengo algo de tiempo me gusta salir; un área turística, un parque, el lugar donde las personas se reúnen a hacer ejercicios, una playa… En fin, cualquier lugar me parece perfecto. No es por el simple hecho de ir de paseo solamente. Con esto estoy conociendo lugares que no conocía, descubriendo la belleza y maravillándome cada día de mi país. Logro relajarme de la ajetreada vida cotidiana.

Pero les confieso que lo que más me gusta de hacer esto, son las historias… sí, las historias de quiénes concuerdan conmigo en momento y lugar.En estos paseos, he tenido la dicha de conocer tantas personas que amablemente me han contado vivencias de su vida personal, sus batallas, alegrías y tristezas.Personas que te inspiran, que al verlas piensas que su vida es por decirlo “normal”, pero en el interior están librando alguna lucha contra una tragedia.Historias de superación, sobre como lograr un imperio luego de crecer en la pobreza. Me han hecho viajar sin necesidad de salir del país, aquellos turistas que comparten sobre su patria mientras conocen la mía.
Te regalan su confianza y brindan la oportunidad de adquirir experiencia a través de sus vidas, a pesar que eres un extraño.

Padres, madres, hijos, hermanos, amigos… Con historias que nos motivan a ser mejor persona, a agradecer por nuestra vida, a no decaer por los tiempos oscuros. Definitivamente que podría escribir un libro con la recopilación de todas estás vivencias compartidas. Debemos aprender a escuchar, entiendo que es difícil aceptar a todo extraño que se te acerca, pero no le des la espalda a los demás, no sabes si el inicio de una gran amistad.

Sólo me queda dar las gracias a aquellas personas que compartiendo su historia, dejan una lección a quién las escucha, para el resto de la vida.

Mi primera cirugía

Inicia otro mes, y este desde el año pasado se convirtió especial para mi, siempre lo recordaré como el mes en el que me realizarón mi primera cirugía. Sé que lo primero que se imaginaran es una cirugía estética, pero no me refiero a eso, aunque no lo descarto en un futuro. La causa, una apendicitis. Les compartiré mi experiencia personal, así como lo que considero fueron mis pilares para superar el terrible temor que se apoderó de mi.

Mi experiencia

Siempre he sido una persona muy sana afortunadamente, mis padecimientos no superaban más que un resfriado ocasional en época lluviosa, agradecía que a los 28 años no había pasado por ningún padecimiento mayor. Todo comenzó con un fuerte dolor en la parte superior de mi estómago acompañado de ardor, no le di importancia, pues pensé que se trataba de una gastritis. Al pasar un par de horas, se añadió dolor en la ingle derecha lo que me dificultada el movimiento de la pierna del mismo lado, ya esa señal me hacía pensar que algo no andaba bien, así que mi madre me acompañó al médico.

Al llegar al consultorio pedimos una cita con el médico general, que ya era conocido de nosotras y de nuestra entera confianza. Por un momento pensé que se podía tratar de cólicos pues mi período se acercaba, tenía conocimiento de la apendicitis pero sencillamente me negaba a aceptar esa idea. Para desgracia mía al describirle los síntomas al doctor, lo primero que indica es la posibilidad de una apendicitis, pero debían hacer exámenes antes para confirmar, así como la evaluación por parte de un cirujano. A la evaluación del cirujano confirma nuestros temores, todos los signos y síntomas eran claramente el reflejo de una apendicitis. “Es una situación de urgencia, puede llegar a complicarse, en 30 -40 minutos máximo debemos estar en cirugía” esas fueron las palabras del doctor, de inmediato el temor se apoderó de mí, rompí en llanto.

Inmediatamente comenzaron a prepararme para la cirugía, fueron los minutos más aterradores de mi vida. Mi mayor temor era la anestesia, no sé si todos pasen por la experiencia de la misma manera, pero en ese momento piensas lo peor, piensas si despertaras de la anestesia, piensas en la posibilidad de morir en el procedimiento a pesar de ser uno de los más sencillos, todo procedimiento conlleva un riesgo. No sabía si decir algo a mi madre y mi hermana que estaban conmigo (ellas estaban igual de angustiadas que yo) por si algo salía mal. Algo que no hice porque todo fue tan rápido, que aún al entrar al salón de operaciones no terminaba de asimilar lo que me estaba pasando. Al estar acostada en esa camilla, un temblor se apoderó de mi y pensaba en si esos serían los últimos minutos de mi vida, hasta que la anestesia hizo lo suyo.

Al despertar, en realidad pensaba que aún no me habían operado, me tomo un tiempo entender que ya todo había terminado. No tenía noción alguna del tiempo que había pasado, la sensación para mi era como si no hubiese pasado ni 5 minutos, cuando en realidad había tomado 2 horas. Ya más despierta agradecía a Dios por estar con vida. Creo que parte del temor que me invadió se debió a la rapidez con la que paso todo, no es lo mismo que te preparen con días para una operación, a decirte como en mi caso que en 30 minutos te operan.

Familia

Lo que me lleno de fuerzas e hizo mi post-quirúrgico más fácil fue en gran parte por mi familia. Desde un principio mi madre como todas, siempre abnegadas y sacrificadas, no se despegó de mi lado en ningún momento, ofreciendome palabras de aliento que ella misma necesitaba. Hicieron todo lo posible en sus manos para apaciguar mi dolor.

Y en el momento en que salí de la cirugía que me llevaron al cuarto aún desorientada por la anestesia, al lograr ver los rostros borrosos de todos lo que me esperaban allí, me hizo sentir que todo estaba bien, me sentí protegida y segura. Es realmente gratificante ver como a pesar de las diferencias que puedas tener en algún momento con ellos, en situaciones difíciles como la que me paso a mi, todo queda olvidado para estar a tu lado. No importó distancia, trabajo o lo que sea que estaban haciendo… Todo lo dejaron de lado, para estar allí al momento en que salía de la operación.

Los cuidados y palabras de cada uno de ellos significaron mucho para mi, me hicieron olvidar el dolor. Me ayudo en el proceso de recuperación, pendientes que no me faltará absolutamente nada. Es realmente bonito ver como se preocupan y como te quieren, pues a veces no se expresa, pero al ver sus miradas y su preocupación, sé que no tienen que decirme nada para demostrarlo, sé que cuento con ellos cuando más lo necesite.

El personal

Muchos suelen pensar que el personal de un centro hospitalario, al lidiar con lo mismo cada día incluyendo la muerte de los pacientes los hace insensibles. No se si la experiencia que otros viven en estas circunstancias creen este pensar, pero en mi caso debo decir que me siento muy agradecida por la atención brindada por cada uno de los profesionales que estuvieron a cargo de mi atención.

Al llegar el dolor que me embargaba era realmente indescriptible, no podía ni tan siquiera subirme a una camilla, el doctor muy amablemente prácticamente me cargo para hacer de mi dolor más llevadero. Pase por las manos de muchas enfermeras y enfermeros, cada uno de los cuales me trato de manera excepcional, estuvieron pendientes de mi en cada momento. Al pasar con el cirujano, cuando me invadió el temor me daba palabras de aliento para tranquilizarme, al igual que el anestesiologo quien me hablaba mientras temblaba en aquella camilla.

Cada enfermera, auxiliar, médico e incluso personal de aseo, redujeron la carga de mi padecimiento a pesar del temor. Me sostuvieron las manos, me dieron palmaditas y palabras de aliento, hacían que mi cuarto estuviese impecable, me cargaron cuando lo necesite como si fuese una niña, y todo lo hacían sin hacerme sentir que lo estaban haciendo meramente porque es su trabajo y lo tenían que hacer, me hicieron sentir como si realmente les importaba. Esto es algo que valoraré y recordaré, algo por lo que les estaré agradecida eternamente. Ojalá todos los centros médicos capacitaran a su personal de la manera en que han capacitado a estos en cuanto a humanidad y calidad de atención para con sus pacientes.

Al final de todo, creo que siempre sentiremos temor al pasar por una cirugía, sea o no sea la primera. Pero el centro hospitalario y cada una de las personas que nos rodean harán que nuestro pesar sea menor.

De esas historias…

En uno de mis andares cotidianos, estaba con una amiga y entramos a una cafetería para almorzar, el lugar estaba abarrotado y mientras buscaba con la mirada donde sentarnos, una pareja de ancianitos (como ellos mismos se denominaban) muy amablemente nos invitaron a su mesa. De inmediato la química hizo su efecto y comenzamos a hablar; yo no tuve oportunidad de crecer junto a mis abuelos, pero supongo que ellos son el ideal de lo que unos abuelitos deben ser. La platica estuvo realmente interesante, parecían no quedarse sin tema en ningún momento. Pero lo que nos cautivo fue la historia de amor que nos compartieron.

Ambos tenían 78 años, se conocieron en la Universidad cuando compartieron materias, al terminar sus respectivas carreras, tomaron rumbos diferentes pero siempre se mantuvieron en contacto, hasta que finalmente por “coincidencia o destino” terminaron viviendo uno frente al edificio del otro y allí comenzó el amor. Por supuesto comenzaron una relación…Relación que al momento de conocerlos tenía 52 años. Pero lo curioso de esta historia es que nunca se casaron y nunca han vivido juntos, continúan viviendo en los mismos edificios de cuando se reencontraron. Nunca tuvieron otras relaciones, juraron haberse sido fieles en esos 52 años y ninguno duda del otro. Decidieron que tendrían hijos, pero lastimosamente no pudieron, a pesar que fue un golpe duro, aún así se mantuvieron juntos y decidieron continuar su relación. Durante todo ese tiempo, cada día compartían en la casa del otro, hacían las cosas que hace una pareja de esposos normalmente, con la única diferencia que al llegar la noche cada uno regresaba a su casa.

Compartían sonrisas picaras, acariciaban sus manos y miradas que reflejaban felicidad, mientras me contaban su historia, lo que no dejaba ninguna duda de que realmente se amaban. Todos esos años profesándose amor y fidelidad, sólo que de una forma diferente, decidida así por ambos. A mi amiga le pareció que la historia era… digamos que “prestada”, pero no se atrevió a cuestionar. Creo que nunca podre confirmar si realmente era su historia, pero definitivamente es una historia que inspira, que te hace creer en el amor y más aún respaldada por la alegría y aquel cariño que reflejaban entre ellos.

A lo mejor muchos tenemos el concepto de amor errado, tal vez aunque amemos de forma diferente no quiere decir que no amemos con todas nuestra fuerzas. Creo que cada quien debe vivir el amor a su manera, sin temor a que dirán los demás, lo importante es que seas feliz con quien decidas compartir tu vida.