Nuestras cámaras

Dicen que los mejores momentos quedan grabados en nuestras memorias no en una cámara, pero también es cierto que a veces son esas fotografías guardadas en nuestras cámaras que nos sacan una sonrisa y nos hacen recordar. Hace una semanas retome mi relación con mi cámara, luego de un abandono de meses.

Les ha pasado que son buenos en algo, pero hay alguien a su lado que les gusta lo mismo, no es tan bueno y para no hacerlos sentir mal prefieren dejar de hacer eso que les gusta. Sí, esta mal, en un error eso hice yo, y aunque nunca dejé de tomar fotos con mi celular, si hice de lado la cámara, algo que ahora lamento haber hecho ya que al retomarlo nuevamente solo me hizo corroborar que es algo que realmente disfruto. Considerando que se acercan grandes acontecimientos decidí que ya era hora de darle fin a la separación. Fue allí cuando desempolve uno que otro recuerdo.

En nuestras cámaras quedan momentos que de momento están adormecidos en nuestras memorias; rostros, algunos que ya no siguen con nosotros por distintas circunstancias; lugares, donde compartimos, reímos o lloramos. A veces decidimos borrar las pruebas de esos momentos, personas o lugares, creemos que así se esfumarán de nuestras vidas. Prefiero dejar esas fotos allí guardadas, en ese instante capté la mejor versión de aquellas personas cuando estuvieron a mi lado o lugares donde fui feliz, sin importar cual haya sido el final de cada historia, en su momento hicieron parte de mi historia una feliz. Las cámaras son testigos de esas historias, de nuestras aventuras pasada y las que está por empezar, de los amores que están y los que se han ido, nuestros seres queridos y de nuestros propios cambios, crecimientos y desaciertos.

Invencible

En medio del odio, descubrí que había dentro de mí, un amor invencible. En medio de las lágrimas, descubrí que había dentro de mí, una sonrisa invencible. En medio del caos, descubrí que había dentro de mí, una calma invencible. Me di cuenta, a pesar de todo que… En medio del invierno, había dentro de mí, un verano invencible. Y eso me hace feliz. Porque esto dice que no importa lo duro que el mundo empuje en mi contra; dentro de mí hay algo más fuerte, algo mejor, empujando de vuelta.

Albert Camus

El hombre-carro…

Llego a “esta ciudad” y desde entonces le llamaron CARRO. Ese solo nombre le dio a entender que el sentido de su vida sería recorrer y recorrer caminos hasta llegar a “otra ciudad” llamada PLENITUD. Y conscientemente aceptó su VOCACIÓN.

Durante su niñez, CARRO, embriagado por la alegría y el entusiasmo, soñó que su vida toda sería una AUTOPISTA por la cual podría avanzar tranquila y placenteramente, sin tropiezos ni frenazos, teniendo como compañía el esplendor de un día interminable, la belleza del paisaje encantador y la estimulante música arrancada caprichosamente a su modero pasacintas. Así, soñando, soñando, pensó seriamente que la vida era sólo una sonrisa…

Pero CARRO, a medida que vivía fue descubriendo que la existencia era una CONGESTIONADA CARRETERA por la cual igualmente transitaban carro de todos los modelos, tamaños y colores… a velocidades muy distintas. Entonces empezó a comprender que vivir es avanzar, luchar, correr, y no solo sonreír. Sí, avanzar a pesar de todo, para llegar a la otra ciudad en compañía de muchos otros carros. Ahí reafirmó su VOCACIÓN.

Un día, en vez de la música elegida y dopadora del pasacintas, encendió la radio y en todas las emisoras escuchó noticias relacionadas con el tránsito de la ciudad: choques frecuentes entre carros, que entorpecían el avanzar; carros asesinos; carros parqueados; carros salidos de la vía; carros estrellados, muertos, por exceso de velocidad; carros detenidos por haber irrespetado las normas de tránsito; carros sin placas, sin identidad; carros parados por falta de combustible; carros grandes que quitaban la vía o se la cerraban a los más pequeños; carros por la izquierda, por la derecha; carros por el centro…

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