Ausencia…

Regala tu ausencia a quien no valora tu presencia.
Oscar Wilde

Hay personas a nuestro alrededor con las que compartimos diariamente, personas que para nosotros tal vez significan más de lo que nosotros para ellos, hasta que nos percatamos que, no valoran nuestra presencia, nuestros sacrificios o nuestra compañía. A veces, esperan más de lo que podemos darles, los detalles que regalamos son ignorados sin importar nuestra entrega y esmero. Incluso, otras veces, aunque hagamos todo lo que desean, aunque estemos incondicionalmente a su lado… nunca será suficiente. Somos lastimados constantemente, y tratamos de hacer hasta lo imposible en busca de la aceptación de aquella persona. Padres insatisfechos de sus hijos. Parejas que menosprecian a quien supuestamente era su compañero de vida. Amigos que sólo están con nosotros por un interés.

¿Por qué nos dejamos pisotear? Nadie… Absolutamente nadie en la vida puede menospreciarnos, ni a nosotros como personas, ni nuestras capacidades, somos nosotros quienes les otorgamos el poder para hacerlo. Debemos apartar el dolor, olvidar la dependencia que tal vez sentimos hacia esa persona e incluso poner de un lado los sentimientos. A veces, por muy duro que suene, esto significará marcar cierta distancia ante nuestros padres, apartarnos de personas que han estado a nuestro alrededor por mucho tiempo o abandonar esa relación, estar constantemente ante estas negativas es nocivo para nuestro bienestar físico y mental, pero sobre todo para nuestra alma y espíritu.

Ciertamente no somos seres perfectos, no seremos los mejores en todo; pero todos tenemos una capacidad especial, un don o un talento. Puede que al leer esto pienses que no lo tienes, tal vez no lo has descubierto aún o no te has percatado cual es, pero de seguro en algún momento lo descubrirás. Y aún, cuando lo descubras, muchos te querrán hacer sentir que no es lo suficientemente bueno o que no tiene valor, pero no importa cuál sea, todo talento o capacidad es buena, debes defenderla y no permitir que nadie la menosprecie.

Al final, en el momento en que decidimos alejarnos de esas personas nocivas, que no valoran nuestra presencia, nuestra compañía y nuestras capacidades, terminan percatándose de lo que perdieron, les hará falta nuestra presencia y todas las cosas que hacíamos por y para ellos. Valora a quien tienes a tu lado, nunca hagas sentir a nadie menos, en algún momento no estarán más y tal vez no haya regreso para recuperarlas. Debes considerar valiosa la presencia de quienes deciden brindarte su compañía y te aceptan en todo momento, tienes que ser recíproco porque la ausencia puede ser devastadora. Somos seres únicos y bellos, si estas al lado de alguien que no te valora, recuerda que tu presencia significa luz para alguien en algún lugar.

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Estereotipos

Quien sobrevive a los estereotipos de la sociedad sin perder ni siquiera un gramo de su esencia, puede con todo y con todos.

Benjamin Griss

Vivimos en un mundo donde todos somos juzgados por los estereotipos que son correctamente aceptados por la sociedad, somos nosotros mismos los culpables por seguir las corrientes popularizadas por la moda o por figuras del espectáculo. Buscamos imitar esas tendencias y muchas veces caemos en errores por querer lograr esos estándares. Pero ¿Quién decide lo verdaderamente correcto? ¿Por qué nos dejamos manipular? ¿Por qué queremos parecernos a otras personas? Tal vez, la única respuesta a esto es que desde pequeños así crecemos, considerando que es lo correcto.

Hace unos días mientras hacía una fila para comprar en una heladería, vi como un grupo de chicas “a la moda” se burlaron de otra chica que se sentó frente a ellas,  quienes la consideraron un poco pasada de peso, lo que a mi parecer no era cierto, pero supongo que para estas chicas toda aquella mujer fuera de su bajo peso (que de seguramente es forzado) está en sobrepeso. La chica que fue motivo de su errónea burla, llevaba un vestido ajustado a su cuerpo con unos botines, personalmente creo que se veía bien y lo más importante es que denotaba comodidad consigo misma.

Admiro a quienes rompen estos estereotipos, oponiéndose a la moda impuesta por los medios y defendiendo su propio estilo. Algunas veces son estas personas las que son juzgadas y criticadas injustamente por romper los prototipos del momento. Creo que todos deberíamos querer imitar la actitud de estas personas, debemos aceptarnos como somos, defender nuestros gustos y vivir libremente. No deberíamos preocuparnos si la ropa que tenemos puesta será del agrado de los demás, no debemos vestirnos para los demás, lo que vestimos debe ser porque realmente nos gusta, no tener miedo de lucir algo porque es diferente a lo que todos los demás llevan puesto. Si quieres bajar de peso que sea porque así tú lo quieres, no por la presión de los demás y cuidando tu salud, sin poner en peligro tu vida por querer imitar a otra persona.

Somos seres libres en todos los aspectos y debemos respetar eso, sin burlas o críticas hacia los demás, si algo no es de nuestro agrado para nuestra vista, pues no quiere decir que este mal, simplemente no es nuestro gusto. De eso se trata la vida precisamente, en que todos somos y tenemos gustos diferentes, que aburrido sería si todos fuéramos iguales. Sólo me queda decirles, acéptense tal como son, no tengan miedo de demostrar sus gustos, no son ustedes quienes están mal, es la equivocada crianza de la sociedad en la que crecimos.

Entre camas y pasillos

Cuando trabajas o realizas entrenamientos en carreras de la salud, por lo general pasas más tiempo en el hospital que en tu propio hogar, luego de un tiempo te empiezas a percatar que no sólo se trata de brindar atención al paciente por la condición que presenta, pues muchas de estas personas te eligen como su psicólogo personal. Sabemos que no debemos crear apego emocional hacia los pacientes, la profesión puede tornarse algo dolorosa cuando la desgracia llama a la puerta de aquellos que se vuelven especiales para nosotros, pero siempre hay algunos con los que creamos cierto vínculo al conocer sus historias, de las cuales algunas te marcan y te graban permanentemente, enseñándote a valorar lo que tienes y a ser agradecidos con la vida.

Me gusta compartir estas historias, ya que al transmitir las palabras de esas personas, las cuales muchas ya no están, se mantiene su legado vivo a través de sus enseñanzas. Aquí les comparto esta breve historia que me contó un paciente hace unos meses atrás, que nos llego a todos los presentes, sobre todo por la actitud tan positiva que irradiaba, te transmitía sus ganas de vivir.

A simple vista era un paciente muy alegre, nos hizo reír desde que llegó a la consulta. Este era un hospital oncológico, así que obviamente estaba siendo tratado por cáncer, en mi pensamiento estaba que a lo mejor sólo estaría en controles o tal vez su tipo de cáncer no era muy agresivo. Recuerdo escucharlo decir: “Me ven así, en mi vida sólo ha existido la tragedia, pero esto no me arrebatará las ganas de vivir cada día.” Tenía dos años de haber sido diagnosticado con cáncer de próstata, al hacerle exámenes más profundos se percataron que ya había hecho metástasis a los huesos, por supuesto que fue devastador. Por lo general cuando el cáncer invade los huesos, el pronóstico es generalmente muy pobre. Transcurridos algunos meses, mientras recibía su tratamiento en el hospital, recibe la noticia que su hijo de 22 años había perdido la vida a causa de un accidente automovilístico mientras trabajaba. Inmediatamente después de esto, su esposa lo abandono bajo la excusa que no soportaba todo lo malo que estaba pasando, y no sólo lo abandono a él sino también a su hija de 15 años… No supo más de su esposa.

Con ayuda de otros familiares, había tratado de salir adelante, sin descuidar a su hija, quién lo acompañaba ese día. Ella se sentía muy orgullosa de su padre, porque comentaba que nunca le había faltado nada, a pesar que él estaba luchando contra el cáncer, siempre ella había sido su mayor preocupación. Este señor recibía sus tratamientos puntualmente, con la esperanza de curarse algún día, a pesar del pronóstico desfavorable que le dieron los médicos o como decía él, para estar en las mejores condiciones posible para disfrutar y poder acompañar a su hija por el mayor tiempo que le fuera posible. Durante su estancia en la consulta, siempre mantuvo una sonrisa, nos motivaba a vivir alegres y a agradecer cada día por la vida, así como a disfrutar de quienes nos rodean y están siempre con nosotros.

Entre las camas y pasillos de los hospitales, recorren muchas historias como estas y muchas veces sólo debemos saber escuchar, porque hay pacientes que tan sólo con ser escuchados contribuimos a aliviar un poco su pesar. Historias tristes, alegres, de superación, cada una diferente; pero que nos dejan grandes lecciones y nos enseñan a vivir. No hay nada mejor que cuando estos pacientes logran superar su condición, verlos agradecidos y felices en camino a su hogar es una gran satisfacción; claro, algunos no cuentan con la misma suerte y abandonan este mundo, pero en el fondo quedamos agradecidos por haber compartido sus secretos y consejos, para que vivamos plenamente y de una manera u otra siempre estarán en nuestro recuerdo.

Sólo nos queda seguir su ejemplo, disfrutar cada día a pesar de las adversidades y vivir al máximo, agradeciendo por lo que tenemos. Espero sus historias inspiradoras…

Cuando me amé de verdad

Cuando me amé de verdad, comprendí que en cualquier circunstancia, yo estaba en el lugar correcto y en el momento preciso. Y entonces, pude relajarme. Hoy sé que eso tiene nombre… autoestima.

Cuando me amé de verdad, pude percibir que mi angustia y mi sufrimiento emocional, no son sino señales de que voy contra mis propias verdades. Hoy sé que eso es… autenticidad.

Cuando me amé de verdad, dejé de desear que mi vida fuera diferente, y comencé a ver que todo lo que acontece contribuye a mi crecimiento. Hoy sé que eso se llama… madurez.

Cuando me amé de verdad, comencé a comprender por qué es ofensivo tratar de forzar una situación o a una persona, sólo para alcanzar aquello que deseo, aún sabiendo que no es el momento o que la persona (tal vez yo mismo) no está preparada. Hoy sé que el nombre de eso es… respeto.

Cuando me amé de verdad, comencé a librarme de todo lo que no fuese saludable: personas y situaciones, todo y cualquier cosa que me empujara hacia abajo. Al principio, mi razón llamó egoísmo a esa actitud. Hoy sé que se llama… amor hacia uno mismo.

Cuando me amé de verdad, dejé de preocuparme por no tener tiempo libre y desistí de hacer grandes planes, abandoné los mega-proyectos de futuro. Hoy hago lo que encuentro correcto, lo que me gusta, cuando quiero y a mi propio ritmo. Hoy sé, que eso es… simplicidad.

Cuando me amé de verdad, desistí de querer tener siempre la razón, y con eso, erré muchas menos veces. Así descubrí… la humildad.

Cuando me amé de verdad, desistí de quedar reviviendo el pasado y de preocuparme por el futuro. Ahora, me mantengo en el presente, que es donde la vida acontece. Hoy vivo un día a la vez. Y eso se llama… plenitud.

Cuando me amé de verdad, comprendí que mi mente puede atormentarme y decepcionarme. Pero cuando yo la coloco al servicio de mi corazón, es una valiosa aliada. Y esto es… saber vivir.

No debemos tener miedo de cuestionarnos. Hasta los planetas chocan y del caos nacen estrellas.

Charles Chaplin.

Cicatrices

Hace algunas semanas cambie mi foto de perfil en una de mis redes sociales, en la misma se notaba una pequeña cicatriz que tengo justo debajo de mi labio inferior, a las horas, una amiga social (llamada así, al no compartir una amistad real más allá de las redes y uno que otro encuentro esporádico por amigos en común) me da como opinión: “creo que deberías cambiar tu foto de perfil, se ve tu cicatriz y no es muy estético.” Aún no logró si definirme como una persona de abundante tolerancia y paciencia o una persona indiferente, pues evadi el comentario en el momento y no le di mayor importancia. Pero a las horas pegó el golpe, me invadió la inseguridad y la duda, a lo mejor tenía razón y debía cambiarla, lo pensé y lo pensé, hasta que decidí no hacerlo.

La razones por la que no lo hice: primero, porque mi madre siempre me enseñó a no dejar que los comentario negativos de los demás me afectará. Y la segunda, la descubrí en el momento que miraba frente a un espejo mi cicatriz, mientras meditaba si debía cambiarla o no, me refiero al recuerdo que me vino de cuando me hice esa cicatriz.

Era una niña cuando me pasó, por supuesto que dolió y mucho, me tuvieron que llevar al hospital, mi mamá casi desmayandose por el sangrado que no dejaba ver que tan profunda era. Pero lo primero que recuerdo no es esto, si no que en el momento que ocurrió estaba jugando con mi hermano; recuerdo el juego, las risas que sacaban lágrimas, era un momento de felicidad indescriptible. Y al tener este recuerdo se vienen a mi mente otros recuerdos felices como el que viví ese día, que a pesar de verse opacado por una pequeña tragedia, sigue reinando la felicidad del momento antes. Es por eso que con orgullo decidí dejar la foto y nunca más sentire pizca de vergüenza por mi cicatriz y ya tengo la respuesta para cuando alguien nuevamente se atreva a criticarla.

Si en algún momento decido deshacerme de ella, será porque yo lo quiero así, no por presión o por correr el gusto a otro. Ahora, no creo que debamos avergonzarnos de nuestras cicatrices, cada una de ella cuenta una historia y estoy segura que muchos de ustedes al igual que yo tendrán una cicatriz que le traerá un grato recuerdo: cuando aprendieron a manejar bicicleta, cuando sintieron adrenalina de un deporte extremo y porque no, cuando dieron vida mediante una cesárea.

Si bien es cierto no todas las cicatrices tienen una historia como la mía y traen recuerdos negativos, mientras tú decidas que esa cicatriz te acompañé, en vez de recordar lo negativo piensa en que es la señal física de que atravesaste una situación difícil y lograste salir adelante.

¡Salud! por las cicatrices y los recuerdos tras de ellas.