Los secretos de belleza de Audrey Hepburn

Para tener unos labios atractivos, di siempre palabras amables.

Para tener ojos adorables, mira siempre las cosas buenas de la gente.

Para una figura esbelta, comparte tu comida con los que padecen hambre.

Para tener un cabello lindo permite que un niño pase sus deditos por él, por lo menos una vez al día.

Para mantener la elegancia, camina siempre con la certeza de que nunca estas sola.

La gente más que las cosas, tiene derecho a ser restablecida, revivida, redimida y reivindicada. Nunca rechaces ni deseches a nadie.

Recuerda, si necesitas una mano amiga la encontraras en el extremo de cada uno de tus brazos. Con el tiempo y la madurez descubrirás que tienes dos manos: una para ayudarte a ti misma y otra para ayudar a los demás.

La belleza de una mujer no está en su figura, en la ropa que viste o en la forma como se peina. La belleza de una mujer tiene que ser vista en sus ojos porque son la puerta de su alma, el lugar en donde habita el amor.

La belleza de una mujer no está en la moda superficial. La verdadera belleza de una mujer se refleja en su alma, en la bondad con la que da amor y en la pasión que demuestra.

La belleza de una mujer crece con el pasar de los años.

Mereces un amor…

Un poema de Frida Kahlo:

Mereces un amor que te quiera despeinada, con todo y las razones que te levantan de prisa, con todo y los demonios que no te dejan dormir. Mereces un amor que te haga sentir segura, que pueda comerse al mundo si camina de tu mano, que sienta que tus abrazos van perfectos con su piel. Mereces un amor que quiera bailar contigo, que visite el paraíso cada vez que mira tus ojos, y que no se aburra nunca de leer tus expresiones. Mereces un amor que te escuche cuando cantas, que te apoye en tus ridículos, que respete que eres libre, que te acompañe en tu vuelo, que no le asuste caer. Mereces un amor que se lleve las mentiras, que te traiga la ilusión, el café y la poesía.

“Así que quieres ser escritor”

Un poema de Charles Bukowski:

Si no te sale ardiendo de dentro,
a pesar de todo,
no lo hagas.
A no ser que salga espontáneamente de tu corazón,
de tu mente, de tu boca
y de tus tripas,
no lo hagas.

Si tienes que sentarte durante horas
con la mirada fija en la pantalla del ordenador
o clavado en tu máquina de escribir
buscando las palabras,
no lo hagas.
Si lo haces por dinero o fama,
no lo hagas.
Si lo haces porque quieres mujeres en tu cama,
no lo hagas.

Si tienes que sentarte
y reescribirlo una y otra vez,
no lo hagas.
Si te cansa sólo pensar en hacerlo,
no lo hagas.
Si estás intentando escribir
como cualquier otro, olvídalo.

Si tienes que esperar a que salga rugiendo de ti,
espera pacientemente.
Si nunca sale rugiendo de ti, haz otra cosa.

Si primero tienes que leerlo a tu esposa,
a tu novia, a tu novio,
a tus padres o a cualquiera,
no estás listo.

No seas como tantos escritores,
no seas como tantos miles de
personas que se llaman a sí mismos escritores,
no seas soso y aburrido y pretencioso,
no te consumas en tu amor propio.
Las bibliotecas del mundo
bostezan hasta dormirse
con esa gente.
No seas uno de ellos.
No lo hagas.

A no ser que salga de tu alma
como un cohete,
a no ser que quedarte quieto
pudiera llevarte a la locura,
al suicidio o al asesinato,
no lo hagas.
A no ser que el sol dentro de ti
esté quemando tus tripas, no lo hagas.

Cuando sea verdaderamente el momento,
y si has sido elegido,
sucederá por sí solo y
seguirá sucediendo hasta que mueras
o hasta que muera en ti.
No hay otro camino.
Y nunca lo hubo.