Me gusta – Parte II

Compartir con mi familia. El mar. La sensación de arena bajos mis pies. La música. Los conciertos. Las fotos blanco y negro, la fotografía en general. Mi cámara. Reuniones con amigos. Escribir a pluma y papel. Escribir de madrugada. Contacto visual y sonrisas a distancia. Las sonrisas sin palabras. La sinceridad y la verdad. Manejar sola de noche. El acento de los españoles. El italiano. La luna. Escuchar historias de personas que no conozco. El silencio de la noche. La alegría de mis sobrinos. Las guitarras. Dormir escuchando música. Canciones de Frank Sinatra, Dean Martin y Andy Williams. Cuando un bebé sostiene mi mano. La luna llena. Abrazar. Abrazos inesperados. Abrazos apretados. Los besos robados. Pequeñas mordidas durante los besos. Los Museos. Los jardines amplios. Las casas blancas. El Bossa Nova y el Jazz. Las grandes ciudades. El teclado bajo mis dedos. Llaveros. Pintar las paredes de mi casa. Los aviones. Los vuelos nocturnos. Mi perro, su mirada. Mis gatos, su ronroneo cuando alguno duerme sobre mi y que me reciban como perros. Dusty blue de Charles Bradley. Mensajes de afecto inesperados. Los mensajes de madrugada. Las palmeras. La satisfacción de mis pacientes. Los perfumes. Los lapices labiales. Leer un libro, las librerías. El abrazo de un niño. Aroma a café. Leer un periódico. Leer blogs. Los poemas.

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No me gusta – Parte II

Pensar que algún día mi madre me hará falta. Todas las cosas que no pude compartir con mi padre. La soledad en espacios cerrados. Esperar sola. Comer sola fuera de casa. Las mentiras. Los engaños. Las despedidas. Los falsos amigos. Que me digan que miento, que no crean en mi. Aquellos que juzgan sin conocer. Que me tengan que decir algo y no me lo digan. Los estereotipos. Que interpreten como debilidad la sensibilidad. Mi voz al cantar. Las cosquillas. Los pellizcos. Mi cabello rizado. Mis muñecas. Titanic. Los pitufos. Las Kardashians y Bad Bunny. Facebook. Bloquear. Preguntas matemáticas inesperadas. La química. Caminar descalza, con excepción en la arena. Debates sobre temas religiosos. Las comidas con coco. Las galletas de jengibre. Los caramelos. El color naranja. Las fragancias de goma de mascar. El estampado de serpiente. Relámpagos sin lluvia. Los sismos. El grito a un niño, que me griten a mí. El que es capaz de arrancar una vida. Arañas, hormigas. El 90% de los insectos. Cualquier animal con más de cuatro patas. Quien maltrata un animal, las fotos de animales maltratados. Que le griten a mi perro.

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Maravillosamente caótico

Últimamente he perdido el rumbo, me aleje de mucho, sobre todo de mi fe y la confianza en las personas. Si tuviera que describir este año, creo que lo mejor sería llamarlo maravillosamente caótico. Con 31 años, hice cosas que jamás pensé que haría, actué de manera liberadora y sincera, la ingenuidad me sobrepaso y resulte en ese 0.01% de probabilidades de que algo salga mal. Resultado de todo esto… Me dieron la espalda, mentiras y afrontar ese 0.01 % sola.

Nunca me ha gustado tocar temas religiosos, soy católica, o bueno, lo era, ahora mismo no sé que soy. Siempre respete todas las religiones, acepte a personas de todas las religiones, incluso cuando algunos me juzgaron por no compartir sus pensamientos. Pero este año, justamente un devoto de X religión, me hizo dudar de mis creencias, me ha hecho juzgar. Cuestiono el cómo una persona que predica, que se jacta de realizar “buenas acciones” en nombre de aquella religión, que te quiere guiar en “el camino correcto”, al final, termina mintiendo, engañando y no demuestra el mínimo interés por una de las cosas mas preciadas que puede existir, una vida. Conocí la mejor y la peor versión de aquella persona, y al final, te percatas que por más que tratas, no terminas de cerrar el capítulo, tal vez nunca pueda hacerlo y solo termino agregando más piedras a mi maleta.

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Experta en decir adiós

Cuando de finales se trata, sin importar cuanto dolor me infrinjan siempre me quedo con los mejores momentos, pero las malas experiencias me han llevado a sacar mi parte más oscura.

Desde hace algún tiempo me hice experta en decir adiós de la peor manera. Desaparecer sin ningún indicio y decir esas palabras que crean heridas, que construyen muros. De esta manera me aseguro que mi presencia nunca jamás será requerida por esas personas.

Sé que no es excusa, pero así me convirtieron aquellas personas que me dieron dolor cuando les entregue mi todo. Aquellas de las que decidí alejarme en paz y solo regresaron para hacerme más daño.

Supongo que me canse que todos me buscarán a expensas de mis buenos sentimientos. Ellos sabían que siempre estaría cuando me buscarán, cuando no hubiesen otros brazos, otros labios. Pero si algo aprendí de esto fue que, no importa cuantas veces regresen, nunca será para quedarse.

La peor parte es que termino sufriendo, como duele decir palabras que no quieres decir, pero se que será efectivo para el adiós.

Me dijeron que no podría…

Durante el colegio debo reconocer que no fui una de las alumnas más brillantes, a pesar que siempre traté de esforzarme. En el último año nos hacían pruebas para “recomendar” que carrera deberíamos elegir, al finalizar las mismas pasábamos por evaluación con una psicóloga encargada de dar estas recomendaciones. Desde muy pequeña siempre tuve cierta preferencia hacia las carreras relacionadas a la salud, para ese entonces no tenía una definida, pensé que aquella psicóloga me ayudaría a aclarar mi mente y me podría decidir por cuál elegir. ¡Vaya sorpresa me lleve!

A pesar de aprobar las pruebas, la psicóloga me dijo que no estudiara ninguna carrera de salud, según ella no tendría la capacidad de culminar una carrera de tal magnitud tan solo por no ser una estudiante sobresaliente, aún la recuerdo decir que si lo intentaba solo haría gastar a mis padres recursos y en definitiva sería una pérdida de tiempo. Fue como un balde de agua fría, luego de aquella entrevista me decepcione a tal grado que pensé que debía renunciar a mis aspiraciones. Afortunadamente soy bastante testaruda e ignore sus “consejos” por completo.

Tan solo fui una de sus tantas víctimas, y nos llamaré así porque sus palabras si ejercieron efecto en muchos de mis compañeros quienes sí abandonaron sus aspiraciones. Muchos de los estudiantes que según ella eran los mejores, y sí tenían la capacidad de estudiar lo que quisieran porque todo se les daba de maravilla, ni siquiera lograron terminar un carrera. Hoy en día soy Cirujana Dental, cursando un segundo máster.

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Las piedras en mi maleta

Desde que nací llevo una maleta a cuestas. Debo llevarla por siempre en el camino llamado vida. Ella iba vacía, pero fui recogiendo piedras. Por momentos sentí la maleta ligera, y pensé que se había roto y algunas piedras habían caído.

Esa situación que por momentos pensé superada, pero después de algún tiempo apareció como espina lastimándome sutilmente.

Aquello que quise hacer y mis inseguridades me lo impidieron. La carrera que me hubiera gustado estudiar. El abrazo que no di. Aquel gracias pendiente. El te odio que quisieras borrar. Las palabras que me guarde para mis padres, ex-pareja o a ese amigo. Ese amor que rechacé por aquel que no valió la pena. El te quiero que no salió por miedo.

Al parecer casi siempre son palabras.

Creo que todos llevamos esa maleta, algunas son más pesadas que otras. Me queda claro que algunas piedras podemos sacarlas de esa maleta… Pero de otras, nunca podré deshacerme. Supongo que solo me queda aligerar la carga cuando pueda, y hacer una maleta más fuerte, tal vez me toque remendarla más de una vez, será necesario para las piedras que me falten recoger en el camino.

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Herencia de hermanos

Mi madre en un intento por agrandar la familia decidió tener 5 hijos, la diferencia de años entre mis hermanos y yo, va de los 11 a 16 años. Por el trabajo de nuestros padres, muchas veces nuestros hermanos mayores se convierten en nuestros cuidadores, adquiriendo el rol de padres. Es muy común que de adultos culpemos de ciertas costumbres, maneras o gustos a nuestros padres, pero cuando suceden situaciones como la mencionada, terminamos también adoptando esas costumbres y gustos de nuestros hermanos.

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Imagen: Pixabay

En mi caso en particular, desarrolle apego hacía mi hermano mayor, era el de carácter más dócil y cómplice de mis travesuras. De pequeña, lo perseguía por toda la casa, curioseaba todo lo que hacía (Realmente debí ser insoportable), gracias a esto, adopte sus gustos. Hoy en día causa asombro cuando me ven disfrutar de películas como Depredador (1987) y Terminator (1984), o cuando disfruto de la música retro, The Cure y Guns N’ Roses. Lo que en un inicio me pareció insoportable, hoy me permite disfrutar de diferentes deportes, pues muchas veces me toco aguantarme juegos de fútbol, béisbol e incluso golf, en vez de las cómicas.

De manera inconsciente para mí, él aprovechaba el apego y el juego para enseñarme a realizar tareas que me serían útiles de adulta o para cuando él hiciera su propio hogar y no hubiese quién hacerlas en casa.

Gracias a esto, tengo el conocimiento básico de autos; aprendí a cambiar llantas, a chequear los aceites y el agua, incluso sobre daños menores en el auto, lo que me lleva a poder hablar y entenderme bastante bien con los mecánicos. Se daño la tubería interna del inodoro o del lavabo, ¿Para qué plomero? ¡Lis lo soluciona! Puedo desactivar o activar el panel eléctrico de la casa en caso de emergencia.

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Mi historia en el gimnasio

No soy adicta al gym, voy unas dos veces a la semana y hago algo de ejercicio en mi casa cuando no puedo ir. Hace unos días, mientras estaba en una de las máquinas, otra chica se acerca a utilizar la máquina a mi lado, empezamos a hablar un poco y luego de intercambiar unas cuantas palabras me pregunta: “¿y tú que haces aquí? no necesitas esto, estas muy delgada”… Sí, soy muy delgada, siempre lo he sido, mido 1.65 m y peso 108 lbs, eso quiere decir que estoy bajo peso. Soy de esas personas que muchos llaman “afortunada” por poder comer lo que sea y no subir de peso, pero ahora les cuento un poquito de mi realidad.

El ejercicio no es exclusivo para quienes quieren rebajar, para mantener un buen estado de salud debemos hacer actividad física. A los delgados también se nos elevan los niveles de glicemia (azúcar en sangre), colesterol, triglicéridos, etc. Como me paso a mí, durante meses mis niveles de triglicéridos y colesterol estuvieron por la nubes, tenía tan solo 20 años, ciertamente me gusta comer y a cada momento, lo que no ayudaba, pero mi problema radicaba en la tiroides. Justamente es la causa por la que también soy delgada y por la que se me es casi imposible subir de peso.

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Cuando ingrese a la universidad fue el peor momento, tenía que lidiar con las bromas de mis amigos “te va a llevar el viento”, “te vas a quebrar”, “dichosa tú que puedes comer lo que sea”. La gran mayoría tiene la errónea percepción que al estar delgado tienes la figura perfecta. Pues no, siempre mi tendencia ha sido a skinny fat, es decir delgada pero con flacidez. Los delgados sufrimos de flacidez, tenemos celulitis, estrías, grasa acumulada y muchas otras cosas. Me sentía mal con mi cuerpo, los comentarios que no ayudaban, entraba a una discoteca y me paraban para pedir identificación. Hay quienes te rechazan por ser muy delgado, a veces te insinúan que tienes alguna enfermedad o te creen débil e incapaz de hacer más de cuatro cosas. Al contrario de lo que todos piensan, no toda la ropa te queda bien, siendo mujer parecerás un niño con una que otra prenda y en el peor de los escenarios, te comparan con una tabla de surf. En mi caso, ni hablar de los pacientes… “¡¡¡¿Usted me va a sacar la muela?!!!”

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Del sol

Soy de las luces del sol, de esas personas que se pierden en el amanecer y el atardecer. De esas personas que pensé éramos muchas, pero me dicen que somos pocas, aunque a mí incredulidad le cuesta aceptarlo, es que me resulta difícil pensar que soy de la minoría que no deja pasar la cotidianeidad del sol.

Es que aquel juego de luces no me pasa desapercibido, no importa el lugar, siempre tendrá su gracia. Como dijo Roberto Gervaso,

Cuando un amanecer o un atardecer no nos provocan ninguna emoción significa que el alma está enferma.

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A los dos le doy su significado, al amanecer sé que estoy ahí, con un nuevo día por delante y el atardecer me recuerda que pude terminar ese día, que estoy o voy a casa.

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También soy de la luna, pero de ella les hablo otro día.

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Extrañando el hogar

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Ciudad de Panamá. Foto: Instagram @takenbylis

Siempre recuerdo mi primer viaje, era por una semana, en un inicio pensé, es muy poco tiempo, no vamos a poder hacer mucho. La pasamos estupendo, pero la realidad es que al quinto día, empecé a extrañar a mi madre, su comida, mi casa y mi habitación, a mi perro, mi gata y hasta al vecino gritón… Tal vez todo fue por la ausencia de mi madre, a causa de su trabajo. Recuerdo ese quinto día en la noche cuando hable con mi madre, le repetí tantas veces mis ganas de comer uno de sus platos, a decir verdad la pase un poco mal con la comida, y por primera vez me vino a la mente todas aquellas veces que me queje de la comida de mi madre.

El punto es, soy de esas personas que al llegar al aeropuerto es la persona más feliz, que ama viajar, pero que al pasar unos días extraña su tierra, ya no a los cinco días, pero al regreso voy igual de feliz por ver y estar con los míos. Termino extrañando el calor agobiante de mi tierra, el tráfico enloquecedor e incluso las lluvias torrenciales inesperadas, es que el clima de Panamá es un poco bipolar. Creo que si me decidiera por irme a otro país tendría que llevarme a mi banda completa, que por suerte no tiene muchos integrantes, pero es que hasta las peleas entre la gata y el perro son necesarias.

Todo esto me hace pensar en quienes tienen que abandonar su hogar, en busca de un mejor futuro porque en su propia patria no lo encuentran, aquellos que tienen que dejar a sus seres queridos sin la certeza de saber cuándo volverán a verlos nuevamente, lo difícil que debe ser llegar a otro país buscando establecerte estando solo. Admiro su fortaleza, porque hay que ser muy fuerte para salir adelante extrañando el hogar.