El viejito

Llegó en 1998, no recuerdo en que mes exactamente, yo tenía 10 años, así que debió ser entre mayo y octubre, lo que recuerdo es la felicidad que me embargo aquel día. No era el primero, pero en mi mente es como si lo hubiera sido, ahora que lo pienso, tal vez se debe a que participe en todo el proceso para escogerlo.

Era un Rover 600, color verde botella, en realidad solo verde, le inventamos el color por la igualdad con una botella de cerveza local. En cuanto abrí una de sus puertas, intente romper uno de los forros plástico que cubrían los asientos de cuero color beige, a lo que me detuvo el “no” unísono de mi madre y mi hermana. Aquel forro se mantuvo solo por unos días, con el calor de mi país era imposible tolerarlo ya que terminaba adhiriéndose a la piel, la realidad es que removerlo no mejoro la situación, en los días calurosos aquellas superficies de cuero podían provocar quemaduras de primer grado fácilmente, nunca he entendido porque envían autos con interiores de cuero a países calurosos, o porque personas como mi madre, terminan comprándolos para luego quejarse de tener que esperar para entrar al auto luego de estar unos minutos bajo el sol.

Aquel auto que manejaba mi madre me llevo durante mis últimos años de la escuela primaria, gran parte del colegio secundario y algunas veces a la Universidad; esa gran parte y algunas veces se debió a la llegada de otros autos a la casa. En el recibí mis primeras clases de manejo de parte de mi madre, y debo decir que las últimas, después de casi caer a un lago no tuve más ganas de recibir lecciones de parte de mi madre, seamos honestos “¿Quién enseña a manejar a orillas de un lago?”. Con ese auto también aprendí las lecciones básicas de mecánica, impartidas por mi hermano, aprendí a cambiar llantas, bueno, la teoría, porque nunca logré soltar las tuercas, de hecho sigo sin poder hacerlo, creo que es cuestión de peso, pero de eso hablaremos otro día.

Para el año 2012 empezaron sus primeros problemas de “vejez”, ya para ese tiempo se había convertido en el auto de emergencia, en caso tal que no hubiera otro disponible, hasta que llego el momento que se dejo de usar por completo y no por mal funcionamiento, es que ya nadie quería al viejito. Muchas personas llegaron a nuestra puerta a preguntar si el auto estaba a la venta, nunca hubo un comprador real, a todos se les decía que sí, pero nunca regresaban. Y allí estuvo en el garaje, por años, en algún momento habría que sacarlo por la necesidad de su espacio, todos pensamos que ya aquel viejito no debía encender así que nadie lo intentaba tan siquiera.

Para finales del año pasado, apareció un supuesto comprador, un mecánico conocido de mi madre, una persona humilde, estaba realmente interesado en el viejito, y convencido que el podría volver a darle vida, venía todas las semanas a verlo. Ciertamente al probarlo no encendió, así que todos pensamos “ya se hecho a perder”; fue por ello, por su sinceridad económica y por la necesidad de espacio, que mi madre decidió bajar el precio al máximo (200.00 dólares), como todos los anteriores posibles compradores, desapareció, hasta este fin de semana. Finalmente, allí estaba en nuestra puerta, listo para llevarse el auto. Para nuestra sorpresa, solo necesito treinta minutos para traerlo a la vida y, a meses de cumplir veinte años con nosotros, así como llegó se fue, solo que ahora con algo de melancolía.

Hasta que la ausencia golpea, no se valora lo que se tiene, y se que pensarán, por qué tanto drama con un auto viejo, aclaro, no es que me eche a llorar, solo es algo de melancolía. Supongo que es por las tres generaciones de recuerdos creados en el, por todos los momentos y los aprendizajes, y por la costumbre, es imposible ignorar el espacio que dejo. Su ausencia no fue notada únicamente por nosotros, hasta el día de hoy han llegado personas preguntando por el. ¡Gracias por los paseos viejito!

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Última foto tomada, año 2007.

Autor: Lis

Con arena en los pies, la cámara en mis manos y la música en mis venas. Compartiendo experiencias...

6 comentarios en “El viejito”

  1. Eso pasa con todas las cosas. Yo también echo de menos el Renault 6 de mi padre, en el que cabíamos con comodidad. Los que vinieron después, uno no tenía puertas traseras, y el siguiente tenía los asientos muy estrechos. A los que no voy a echar de menos son unos zapatos muy usados y rotos, que tiraré a la basura en cuanto encuentre unos sucesores. Saludos.

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  2. Ostrass Lis, que texto más chulo…ese espacio mágico, como frontera de la vida de la ausencia del pasado, de alguna manera la venta del auto, supone una ruptura con ese espacio, ahora soñado…
    Tu verde inglés, como las botellas de vino, austeras funcionales elegantes sobrias.
    Abrazote🌷

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